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Carta de La Embajadora de Polonia Marzenna Adamczyk al Director del Diario El País.

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La Embajadora
de la República de Polonia
ante el Reino de España
 

Madrid, 29 de marzo de 2017

Don Antonio Caño
Director
El País
 

Estimado Señor Director,

Habiendo leído el calumnioso artículo “Polonia reescribe su historia de la II Guerra Mundial (25/03/2017) ” de Guillermo Altares, publicado en la sección de Cultura el pasado día 27 de marzo, quisiera hacer una pregunta muy importante:

¿Quiénes fueron los que plantaron la mayoría de los árboles que crecen en el Instituto Yad Vashem de Jerusalén, privilegio que tienen sólo los Justos entre las Naciones?

Fueron los Justos polacos, y eso que en la Polonia ocupada por la Alemania nazi, y sólo en Polonia, ayudar a un judío del gueto de Varsovia con una rebanada de pan, se castigaba en seguida con un tiro, mientras que esconder a un judío significaba no solo la muerte del que lo había hecho, sino también la de sus familiares y vecinos. Por eso, por miedo y no por antisemitismo, mucho de los vecinos denunciaban: lo hacían para proteger a sus familiares. Y, sin embargo, por ejemplo, Irena Sendler consiguió salvar a 2.500 niños judío del gueto de Varsovia. Por supuesto, nunca hubiera podido hacerlo sola. Le ayudaron muchas personas arriesgando su vida y la de los suyos. No fueron casos aislados. Que yo sepa, sólo en Polonia existía una organización clandestina que se dedicaba a proporcionar ayuda a los compatriotas judíos, Żegota, que, además, numerosas veces intentó pasar al Occidente la información relativa al exterminio de la población judía. Hasta hubo quien se dejó arrestar y encerrar en Auschwitz para saber lo que de verdad pasaba allí. Mandó informes al Occidente. Nadie le creyó.

El Estado Clandestino Polaco, el más extenso y completo (tenía no sólo un ejército clandestino, sino también sus propios juzgados y hasta un sistema de correos) de la Europa ocupada por los nazis, solía castigar con severidad toda clase de colaboracionismo. Se condenaba incluso la compra de bienes robados a los judíos por los nazis; a las mujeres que se relacionaban con los militares alemanes se les afeitaba la cabeza y a los culpables de delitos graves, se los ejecutaba en nombre del Estado Clandestino.

Por supuesto, hubo casos de denuncias por codicia, hubo expolios y colaboracionismo, como en todo el mundo, no lo niega nadie, y ningún pueblo se salva, porque en todas partes hay unos desalmados que se aprovechan de la tragedia de otros, pero sostener que sean la mayoría del pueblo polaco, es simplemente imperdonable.

Atentamente,

Marzenna Adamczyk